Mi abuela me preguntaba una y otra vez: – ¿Qué es lo que estudias vos? – Diseño Gráfico, abuela!! le contestaba disimulando mi enojo por tener que responder lo que ella debería saber. Ahora, 20 años después, me doy cuenta que su pregunta era más que razonable. Ni yo sabía realmente que era el Diseño Gráfico. Y esa respuesta no era suficiente.
En la facu pasé por cátedras disímiles, casi opuestas, en su pedagogía y en su ideología. Una impartía su conocimiento desde la estructura de la grilla y la mínima expresión de la imágen, resaltando la virtud de la simpleza y la efectividad comunicativa del diseño, fuera éste un ícono, un afiche, un logo o cualquier otro elemento gráfico, y la ‘pregnancia’ de la imagen, esa capacidad de quedar grabada en la memoria visual del receptor para gestarse como un nuevo símbolo o un sistema de símbolos. La otra sugería cierto pulido de una idea original libre y sin ataduras estructurales ni de expresión. Diseñábamos ’sistemas’ de comunicación, pero que no se separaban demasiado del concepto original que lo había gestado, de la idea esbozada, y se sustentaban más en lo gestual y en el ensayo que en la grilla, la estructura y la estandarización. En definitiva, una teoría nos llevaba por el camino del diseño ‘arquitectónico’ de la imagen y la otra por la expresión artística apenas acotada por algunas leyes simples de sistematización.
Si alguien tenía entonces (no sé si será igual hoy) la mala idea de cambiarse de cátedra, se encontraría con dos universos opuestos. De ambos universos, y de varios otros por los que no me asomé, iban a surgir muy buenos diseñadores (aquellos que se decidían por uno de los caminos) y muchísimos otros un tanto confundidos, como el que suscribe, que no terminaron de entender cual era el camino correcto y si éste existe realmente.
De hecho, todavía no sé bien cual es el proceso para diseñar una pieza de comunicación visual. Pareciera que los caminos son tantos que es imposible definir un método. El diseño implica comunicación, y eso es lo único que tengo claro. Qué comunicar, cómo comunicar, a quien comunicar y para qué comunicar, parecen ser las preguntas que uno se debe hacer para empezar. Pero va a ser la eficacia del resultado la que medirá si fue un buen trabajo. Y no necesariamente el método que nos llevó a ese resultado. Y a la hora de enfrentarse al papel, o al monitor, tras haber investigado lo suficiente sobre el tema a tratar, fuere éste cualquiera, uno sentirá una y otra vez que tiene que empezar de cero y que no es una cuestión de método si no de inspiración. Es decir que hay un origen artístico en la gestación de la idea, pero que se convertirá luego de indefinidos procesos mentales, en un elemento racional.
En la práctica se desatan muchas luchas internas (por salir de lo común) y externas (para convencer al cliente). Quizá sea por el tire y afloje de nuestras ideas con las del cliente, provenientes de intereses distintos, que el universo de posibilidades se termina reduciendo a poco y nada.
Nos esforzamos casi siempre en vano por plasmar originalidad en productos que tienen como premisa, hablar de lo hablado y mostrar lo mostrado. Complicado el terreno para ser creativo. Si nos diferenciamos mucho, el producto se pierde por ser irreconocible en su género. Si lo hacemos parecido al resto, el producto no se destaca lo suficiente. Es así, con esas limitaciones, con las que nos movemos la mayor parte del tiempo. Tratando de sorprender a nuestro cliente y al mercado con un diseño que a la vez no se salga de cierta standarización que lo haga reconocible como producto y aceptable dentro de un sistema de códigos comunes.
Y con esa limitación tenemos que encontrar el brillito creativo. Aquel que nos haga sentir bien con nuestra conciencia y que a la vez mantenga satisfecho al cliente por habernos elegido. Algo que debería ser fácil se vuelve entonces bastante complejo.
Cuántas veces nos habrá pasado de ir con “la idea” y volvernos con solamente harapos de ésta! Cuanto tiempo nos habrá demandado concebirla y que poco tiempo habrá necesitado el cliente para desecharla!
Es ahí cuando envidiamos al pintor cuyo único jefe es su instinto y su motivación; o al escultor que a golpes de cincel solo avanza, sin posibilidad de replanteo o vuelta atrás a medida que la piedra toma forma. A ese momento menos racional y más expresivo del artista anhelamos llegar pero no lo logramos porque por oficio, los diseñadores estamos obligados a salir de él.
Diseñar es una actividad racional. Si el objeto de diseño nace de una idea de libre inspiración, deberá pasar por el filtro de la racionalidad para cubrir todos los aspectos exigidos. Comprensión, claridad en el mensaje, recordación, simbolización, especificidad en cada componente y color, etc, etc… El solo hecho de intentar cumplir con uno de ellos lo aleja de la primera inspiración y lo empieza a pulir como un objeto racional.
Entonces, si mi abuela viviese, le contestaría que lo que yo estudiaba, era la manera de decir cosas de un modo racional y comprensible en forma visual para simplificarle la vida a la gente, o para que alguien se sienta representado por un símbolo, o para que resulte agradable leer un libro, o para que se detengan un rato a mirar su tapa y la encuentren fácilmente en la biblioteca entre muchos tomos. Le diría que no sé bien como se debe hacer eso porque trabajo en un contexto que cambia día a día y lo que es original hoy será común mañana y se habrá gastado pasado mañana. Por ende mi búsqueda de lo nuevo será efectiva a veces, pero su resultado fugaz. Le diría que por eso me dedico en paralelo a la ilustración, porque en ella encuentro una expresión más directa y personal. Porque en los dibujos se crean ventanas a mundos imaginarios a diferencia de las abstracciones del mundo real que hacen al diseño. Diseñar y dibujar son dos actividades muy distintas y a la vez emparentadas. Una tamiza ideas crudas hasta la forma racional, la otra expresa la idea cruda, como lo hace el pintor o el escultor. Con recursos más simples o escasos en mi caso particular, pero con la misma satisfacción de verla cobrar vida propia.
Tucho